Dicen que hace muchos años los habitantes de aquel pueblo eran felices, la luz del sol brillaba con alegría, las puertas se mantenían abiertas, los vecinos se ayudaban, se miraban a los ojos y compartían sus vidas con alegría… pero nadie sabe bien cómo pasó… poco a poco las puertas se fueron cerrando, la vergüenza se fue apoderando de los rincones más felices y se extendió como una epidemia el germen del silencio que lo volvía todo gris, que obligaba a las gentes a bajar la mirada al cruzarse para evitar que pudiera leerse la verdad en sus ojos tristes. Todos sabían del dolor de todos pero nadie hablaba y eso hacía que el silencio alimentara la tristeza y las injusticias siguieran creciendo. Era un silencio negro, ponzoñoso y doloroso que se retroalimentaba haciendo que los habitantes siguieran callados, negando las evidencias, ocultando lo que todos podían ver, cerrando las puertas y negando lo que ocurría dentro de cada casa.
Nadie sabe cómo llegó el virus a aquel pueblo feliz, pero cosas similares han ocurrido en otros lugares felices. Seguramente llegó en forma de pequeña semilla buscando el lugar idóneo para germinar y estaba a punto de quedarse estéril y morir por falta de alimento, cuando la madre de Irene le dijo a sus diez años que ella era demasiado pequeña para opinar y soñar con hacer algo distinto. Las sensaciones que generaron en la pequeña Irene aquellas palabras se le agarraron a la garganta, impidiéndole hablar y dándole a ese minúsculo germen el alimento necesario para coger fuerzas y agrietar su casi seca corteza. Más hinchada pero todavía insuficiente siguió buscando por el pueblo hasta que escuchó a Clara quejarse ante su madre de lo infeliz que era su matrimonio y lo desgraciada que se sentía, se quedó allí flotando, a la espera de saber si podría obtener lo que necesitaba y fue así cuando la madre de Clara la hizo callar con una fiera mirada que decía “silencio y obediencia”. El dolor y la vergüenza se quedaron clavados en el pecho de Clara para siempre y ya no dijo nunca nada más, ni siquiera cuando su marido fue armándose de valor para humillarla, ni siquiera aquel horrible día que sintió su mano pesada y dura golpearle la cara, Clara calló siempre y cada silencio permitía que él, su marido, se sintiera fuerte y dueño de todo, incluso de ella.
El germen, que se había hecho más fuerte sabía que necesitaba invadir a cada habitante, a los que callan y a los que abusan y maltratan para poder seguir creciendo, retroalimentándose de lo que siembra, porque cada grito apagado le da fuerzas para seguir golpeando y generando más silencio ponzoñoso.
Se introduce por los orificios de la nariz mientras los hombres y mujeres duermen y deja allí el germen, la semilla oscura de la violencia, la semilla de la culpa y la semilla de la vergüenza, sentimientos que se agarran con fuertes raíces al alma. Después sólo tiene que esperar, poco a poco cada abuso, cada silencio y cada frustración la alimenta y le da fuerzas para seguir invadiendo el pueblo. Los habitantes apenas se dan cuenta de su existencia porque aprenden a vivir con ese código y generación tras generación se acostumbran a ver el mundo con esa turbia realidad.
Así el silencio se va intensificando y nadie se extraña de oír llantos en la noche, todos lo oyen pero nadie da prueba de ello, así se cruzan las miradas esquivas y justificadoras. Nadie pareció darse cuenta de que Luis lloraba cada noche deseando que su padre no visitara su dormitorio, ahogando los gritos en la almohada y escondiendo los ojos al día siguiente para negar la realidad, mientras las amenazas se le agarraban al estómago impidiéndole hablar sobre sus miedos. Nadie pareció darse cuenta que Victoria temía hasta su sombra, que nunca quería volver a casa al acabar la escuela y prefería quedarse escondida en cualquier lugar que la ocultara. Nadie se percató de que Pedro tenía marcas por todo su cuerpo y que había cogido la costumbre de pagar sus frustraciones a patadas con toda piedra que encontraba a su camino. Nadie veía anormal que Alberto mojara la cama cada noche a sus doce años.
El silencio oscuro y ponzoñoso alteraba cada vez más la realidad y nadie quiso reconocer que Petra no pudo morir de tuberculosis si su cuerpo estaba magullado y las heridas manchaban de sangre la cama. Herminia no encontraba la forma de hacer que no veía lo que ocurría en su casa con sus hijas cada vez que su hermano la visitaba… se le agarraba el silencio al alma y al pecho y callaba como le enseñaron, mirando hacia otro lado como hizo su propia madre.
Pero un día una mujer sencilla, una mujer cualquiera… ella misma, Paula, rompió la gruesa capa del silencio y encontró un abrazo y no un reproche, no la orden de callar sino una mano que la agarró fuerte y le dio el valor para darse cuenta que la realidad en la que había crecido no era lo normal, ni lo que merecía… y después de llorar durante todo un año consiguió expulsar la semilla que tenía agarrada al alma, esa semilla que le hacía creer que no valía para nada, que merecía cada humillación y cada golpe porque ella lo provocaba… y ese día el germen del silencio ponzoñoso se hizo un poquitito más pequeño, porque ya no podía alimentarse más de Paula… comprendió también que para tener lo que merecía primero debía ser consciente de lo mucho que valía y no permitir que nadie le dijera lo contrario. Con cada lágrima derramada durante ese largo año expulsó las humillaciones, los miedos, los recuerdos dolorosos, los golpes recibidos… hasta lograr ser una mujer libre y nueva que sabía que era merecedora de amor y respeto.
Desde ese momento cada vez que alguien decide no bajar la mirada y romper el silencio, cada vez que una mujer u hombre valiente dice “basta” y denuncia lo que sucede, cada vez que alguien consigue expulsar la semilla agarrada a su pecho, alma o garganta,… cada vez que eso ocurre la semilla del silencio ponzoñoso se hace más pequeña y quién golpea y hace daño se hace más débil… aunque todavía quedan muchas semillas bien agarradas y muchas historias pendientes de una continuación mejor…
