29 de noviembre de 2011

Fidelio

Fidelio se sentía solo, desde que su esposa murió sus días eran demasiado largos y solitarios. Se enamoró sin remedio de ella la primera vez que la vio. Juliana era joven, menuda, con un pelo rubio que olía a romero y unos ojos que le recordaban al cielo. Fidelio, joven y atrevido la esperó cada tarde delante de su casa regalándole flores y caramelos en espera de una sonrisa. Una sonrisa que pronto llegó para quedarse en su cara. Entonces le compró una casa y le pidió matrimonio, ella dijo sí. Fidelio recordaba cada momento de su breve vida con ella como un tesoro, le gustaba verla revolotear mientras cocinaba, le gustaba verla coser mientras cantaba, le gustaba como olía las flores y como sonreía, sobre todo como sonreía iluminándolo todo.

Juliana iba cada tarde a buscarlo a la herrería y paseaban cogidos de la mano, con miradas intensas que despertaban todas las envidias, preparaba meriendas y comían bajo un árbol hablando de futuro y sueños.

Proyectos que comenzaron a estar más cerca de cumplirse cuando el vientre de Juliana comenzó a crecer albergando todos los sueños de una vida feliz. Las lunas fueron pasando con amor y alegría. Llegó el día que parecía que la felicidad estaba más cerca, Fidelio casi podía acariciarla con sus manos pero Juliana no aguantó esa embestida de la naturaleza, su cuerpo menudo se quebró sin remedio. A Fidelio se le murieron los sueños esa tarde y los enterró con su mujer y su hijo no nacido, con las lágrimas luchando por salir a borbotones, lágrimas que encerró dentro de sí para siempre.

Y pasaron los años… la soledad y la tristeza lo volvió tosco, silencioso y nada risueño. Trabajaba sin cesar para no sentir esa casa fría que una vez estuvo llena de amor y risas. Las tardes pasaban tristes y sin olores de hogar. Todos le decían que volviera a casarse pero Fidelio no podía volver a amar, se sentía incapaz de volver a sentir y siguieron pasando los años.

Una tarde de tantas caminaba después de una larga jornada en la herrería y percibió el olor dulce de una tarta de manzana. Le asaltaron con más fuerza los recuerdos de Juliana, ese aroma le recordaba a sus quehaceres risueños en la cocina. Siguió el rastro del olor recordando su risa, su piel suave, su calma, su calidez en la cama, las largas charlas…, llegó casi con los ojos cerrados, hasta una casa humilde que se adentraba en el bosque, le guiaba su olfato y allí abrió los ojos. No estaba Juliana, en su lugar vio una muchacha sencilla y sin belleza que amasaba pan y horneaba una tarta con la misma alegría que mostraba Juliana en la cocina. Se escondió detrás de un árbol, que le permitía una visión perfecta de la ventana de la cocina y la observó hasta que el sol se puso y ya no pudo verla más.

Al día siguiente volvió hasta el cobijo del mismo árbol y esperó a que la muchacha fea saliera de casa. Así pasó varios días viéndola cocinar por la ventana, tender la ropa, limpiar la casa, cuidar a varios niños, obedecer y ayudar a su madre, pero lo que más le gustaba era verla cocinar… cuando cocinaba, podía ver a Juliana a través de los gestos de esa chiquilla.

Un día se armó de valor, se vistió con lo más elegante que tenía y compró flores. A sus 40 años se disponía a pedir matrimonio a esa chiquilla fea de la casa cerca del bosque. Tocó en la puerta y le abrió una señora de pelo cano, pequeña y asombrada de la visita, él se presentó educadamente y con voz temblorosa le habló de sus intensiones, con el miedo al rechazo pegado a la garganta. La mujer canosa y pequeña lo miró con asombro y lo hizo pasar, le pidió que tomara asiento y desapareció en la cocina. Al volver le convidó con lo poco que tenía, café sin azúcar… él le habló de su casa, de su herrería, de su posición, de sus planes… y ella sonreía con el ceño fruncido.

-Pero… ¿la has visto?- le preguntó la mujer.

-Sí, señora-dijo él tímidamente.

-Bien-le respondió- ¡Alpidia, ven! Tu marido quiere conocerte.

Alpidia olía a canela y manzana, era más robusta que Juliana, con lo que Fidelio pensó que no moriría en un parto. Casi no sonreía y casi no hablaba y eso último también le gustó. En su primer paseo a solas, Fidelio le tocó una mano y ella se estremeció apartándola. Él le compró almendras para compensar el atrevimiento y ella le sonrió por primera vez pensando en el pastel que podría hacer con ese regalo. Y pasaron las semanas, entre paseos, almendras, manzanas y canela… y llegó la boda. Sencilla y breve. Alpidia lo miraba asustada y él le sonreía dulcemente para calmar su miedo.

Los días sencillos de aquel matrimonio extraño fueron pasando y aunque Fidelio no era tan feliz como lo fue, una semejanza alegraba sus días. La muchacha que ahora era su esposa lo trataba bien, era feliz con las palabras justas y las almendras que él le compraba todos los sábados. La vida se volvió agradable y aromática para ambos.

El día que Fidelio se enteró que iba a ser padre una nube de tristeza y miedo le cruzó la vida. En ese instante se dio cuenta de que quería a Alpidia más de lo que había imaginado, el miedo a perderla lo sumió en un silencio profundo. Y así pasó los meses hasta que el llanto de su hijo le devolvió el habla y pudo comprobar cómo se agarraba hambriento de vida al pecho de una madre cansada y sonriente.

Cuatro niños y cuatro niñas fue el regalo que le dio la vida a través de Alpidia. La casa de volvió ruidosa y Alpidia cansada, aunque nunca puso una mala cara o un mal gesto. Fidelio pasaba las tardes sentado en la cocina viéndola preparar y multiplicar los alimentos para hacer felices a los ocho hijos. La miraba en silencio y ya no sabía si buscaba a Juliana o era feliz viendo a Alpidia, la ausencia de belleza de su rostro era evidente pero volvía dulce todo lo que tocaba y eso le gustaba. La imagen de Juliana se fue difuminando en su cabeza y los aromas de su cuerpo se confundían con los que Alpidia lograba en su cocina. Alguna vez ella se volvía, lo miraba y sonreía, entonces Fidelio pensaba que la quería y que era feliz.

Los hijos crecieron felices y ruidosos, todos los sonidos que los padres callaban los heredaron ellos pero, poco a poco, fueron abandonando el hogar dejándolo de nuevo en silencio. El hijo mayor partió a recorrer mundo y apenas supieron de él, una carta vieja y arrugada llegaba desde lejos con noticias y cuentos extraños para ellos. Una de las hijas convencida de que rezar le podría devolver al novio que un día la dejó herida, se refugió en un convento debajo de los hábitos para dejar pasar la vida. La segunda hija se casó y le dio cuatro nietos ruidosos aunque pasados unos años, la nueva familia se mudó lejos espaciando la comunicación con el hogar familiar. El hijo pequeño debió contagiarse del fervor religioso de su hermana e ingresó en el seminario para hacerse sacerdote. El tercer hijo se embarcó para cumplir su sueño de conocer el mar y apenas volvió por casa. La hija pequeña se empleó en casa de unos señores ricos, allí conoció al hombre de su vida y fue feliz. El segundo hijo varón se casó con la hija del carpintero y heredó el negocio familiar llevando una buena vida con sus cinco hijos y su esposa. La tercera hija murió a los veinte años de una neumonía sumiendo a sus padres en una tristeza que se les pegó a los huesos para el resto de sus vidas.

Los años iban pasando por sus cansados cuerpos pero siempre siguieron mirándose en silencio cada día en la cocina. Nunca hicieron falta palabras y con los años eran menos necesarias para comunicarse, Fidelio sabía que esa felicidad serena y olorosa, esa felicidad triste de huesos doloridos era un regalo de la vida. Alpidia sabía que él la quería, a su manera, con el respeto y el silencio la quería y lo veía en su mirada; a ella no le enseñaron a expresar con abrazos y caricias el amor y Fidelio no las necesitaba, ella le daba amor en cada plato que cocinaba y él sabía que allí estaba la expresión callada y tímida de sus sentimientos.

Así que cuando el final de su vida le sorprendió sentado en la cocina mirándola mientras cocinaba, supo que era la mejor última imagen que podía llevarse. A sus ochenta años había vivido un gran amor de juventud que le rompió las ganas de amar locamente y un sereno amor que le enseñó a amar sin alborotos… y se quedó allí, con una sonrisa en el rostro dedicada a la mujer que le llenó la vida de ruidos, pequeños pasos y aromas inolvidables mientras existía cálida y callada a su lado.

13 comentarios:

KATREyuk dijo...

Sencillamente maravillosa,
una historia triste y dulce,
con esos contrastes que definen los matices vitales,
la lagrimita que pedía sitio,
pero que no dejé salir (mis motivos tengo)
te la dedico a ti, dulce Tegala.
Preciosa!

Angela dijo...

querida Tegala!
Qué imágenes con sabor a canela, cocinas olorosas y amores tan diferentes...preciosa! La historia y la forma que tienes de contarla...!
Gracias por llevarme a donde quieras...;)
Besos!

Tegala dijo...

KATREyuk, gracias por tus bonitas palabras y por esa lagrimita dedicada y cargada de emociones.
Un abrazo atlántico.

ANGELA, muchas gracias linda, tú me animaste a lanzarme a dar más y ahora tengo un cuaderno dedicado y un bolígrafo preferido para anotar las semillas de los textos.
Otro abrazo atlántico para ti.

Anónimo dijo...

Que historia maravillosa Tegala.Es excelente tu forma de narrarla pues hasta se puede percibir los aromas y colores. Nos demuestra que si bien uno recibe golpes en la vida, no debemos perder
la esperanza de que en algún lugar hay luz y belleza para nuestra existencia. Me emocionó hasta las lágrimas! Gracias por brindarnos unos minutos de lectura deliciosa!!
Besos
Olga

Humberto Dib dijo...

Una historia muy bien llevada, me pareció genial.
Me gustó que haya sido más extensa que lo que suele subirse en los blogs.
Un cariño.
HD

Luis dijo...

...jooo, ...del querer, ...del vover a querer sin dejar de querer ...tremendo

Shubhaa dijo...

Tegala, muchas gracias por darle otra bonita vuelta, coincido en que me ha llegado el olor de la canela, el color de la casa y el sabor de las almendras.

Tronan dijo...

He devorado cada línea del relato, fantástico!

Anónimo dijo...

Es puramente nostálgico...y precioso!

teresa dijo...

Me ha encantado cómo el personaje vive en la crudeza de una historia real y de ahí aprende. Estoy cansada de leer historias que nada tienen que ver con la vida. Sufren, sí, pero todo acaba en la felicidad de la boda y ¿luego?

Tegala dijo...

Gracias a todos por esas bonitas palabras, gracias por leerme y por dejar su opinión, por emocionarse y por emocionarme.
Gracias OLGA, HUMBERTO DIB, LUIS, SHUBHAA, TRONAN Y Anónimo...
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Ay! esto de la vida que raro es. O quizá lo sean las personas o los acontecimientos...
¿Qué experiencias has vivido, para que tus dedos escriban estas historias? Que delicada, dulce, pausada es la lectura de lo que escribes, a pesar de lo que nos cuentas.
¿De qué te alimentas tú, para que se muevan las teclas de tu ordenador con tanta musicalidad y no regales estos personajes?

P.D. No nos lo digas, cuéntanoslo como tú sabes

Un beso.

Josema.

Tegala dijo...

Si es tu deseo no te lo digo... buscaré una forma más poética de contarlo o de insinuarlo...
Gracias por tus palabras JOSEMA.
Un abrazo.

TERESA, no siempre terminan las historias con las "perdices" que la vida es más de lo contado hasta la boda... Gracias por venir y leerme.

Un abrazo