2 de noviembre de 2011

Alpidia y su casa de chocolate

Alpidia nació sin infancia. Fue la primera hija de un matrimonio humilde que trabajaba el campo, la primera de 13 hermanos, así que desde los 4 años Alpidia cuidó de sus hermanos menores. Apenas pudo ponerse en pie ya estaba ayudando en casa, sus recuerdos de la infancia son haciendo alguna tarea del hogar para ayudar a sus padres. Lo único que la distraía de todo era cocinar, cuando entraba en la cocina y olía los alimentos ya sabía lo que tenía que hacer, todo se volvía mágico en esa humilde cocina y Alpidia era capaz de preparar un plato delicioso con una simple cebolla y un pimiento. Pero lo que más le gustaba preparar eran dulces, algo que no solía hacer con frecuencia porque la escasez no le permitía disponer de los ingredientes. Pero si alguna vez podía comprar un poco de azúcar con lo que ganaba cosiendo y reparando vestidos, Alpidia cogía una manzana, dos huevos, harina y un poco de canela y cocinaba el biscocho de manzana más sabroso que nadie haya comido jamás.

Alpidia nunca fue agraciada con el don de la belleza, su nariz aguileña y esa inmensa verruga de la barbilla le procuraron el mote de “la bruja”. Su madre pensaba que nunca la cortejaría un hombre guapo y con futuro así que no dudó en casarla con el primer hombre que la pidió en matrimonio. Alpidia tenía 17 años cuando contrajo matrimonio con un herrero de 40, buen hombre aunque muy tosco en el trato. Y así pasó Alpidia de cuidar a sus hermanos, de lavar pañales y bajar fiebres a la época más feliz de su vida, una época que solo duró un año, un año en el que se ocupó sólo de ella, su casa y su marido, cocinó y se sintió feliz en su cocina… pero un año después de su matrimonio volvió a la rutina que había sido su vida al parir a su primer hijo. Volvió a lavar pañales, a cantar nanas y así fue aumentando la familia hasta tener 8 hijos como 8 soles.

Pero fueron pasando los años, años de duro trabajo en los que Alpidia buscaba ese ratito para sí misma en la cocina. Y allí, en esa cocina, comenzó su sueño, mientras preparaba un bizcocho de chocolate, pensó en construirse una casa con paredes de bizcocho, de pastel de nata, de gelatinas dulces… y su sueño fue su refugio.

Al pasar los años el herrero murió y dejó a Alpidia su modesta propiedad, una casa y un taller de herrería. Los hijos se fueron marchando de casa y una vez que Alpidia se quedó sola pensó que era el momento de cumplir su sueño. Vendió la casa y el taller y con ese dinero compró una pequeña choza con parcela en un bosque cercano. Vivió en la choza y cocinó y cocinó hasta que logró construir una casa de bizcocho de chocolate, merengues y gelatinas dulces… la casa de sus sueños… y allí, vieja y feliz se retiró a pasar sus días.

Pero la paz no duró mucho, se rumoreaba en el pueblo que una bruja vivía en una casa de biscocho de chocolate y los niños hacían excursiones para buscar la casa. Algunos la encontraban y entonces arrancaban pedazos de pared o los adornos de las ventanas y se los comían. Cuando Alpidia descubría el desperfecto volvía a cocinar otro pastel y a tapar los huecos que hacían que se colara el frío y le dolieran los huesos.

A veces, los descubría con las manos en la masa y entonces los asustaba con su bastón, su pelo gris y su silueta encorvada, gritándoles que no volvieran más. Esos niños maleducados e irrespetuosos le rompían su casa sin pedir permiso como si todo fuera de su propiedad. ¿No era más fácil tocar a la puerta y pedirle un trozo de tarta? Ella encantada les habría hecho una para que la llevaran a casa.

Pero un día en el que se encontraba especialmente cansada y malhumorada llegaron hasta su casa Anselmo y Graciela. Sin pedir permiso, rompieron un trozo de su pared y se la comieron, mordieron el mazapán de la ventana, arrancaron el chocolate de la puerta, destrozaron la gelatina dulce del llamador… y así con gula y desesperación siguieron rompiendo la casa.

A Alpidia la despertó de su siesta un frío que le golpeaba los huesos. Miró a su alrededor y descubrió el enorme hueco en su pared, escuchó las risas de los niños y se enfadó. Una vez más tendría que reparar su casa por culpa de unos niños malcriados a los que sus padres no enseñaron a respetar la propiedad privada ni a pedir permiso. Salió de casa y logró que los dos hermanos avariciosos y glotones entraran en su casa con la promesa de hacerles una tarta de nata y fresas. Ellos aceptaron encantados y Alpidia les hizo una tarta, un bizcocho de chocolate, 100 figuritas de mazapán, 200 magdalenas, 30 merengues con bizcocho, 100 gelatinas dulces, 34 bollos de manzana, 40 roscos de anís… y les obligó a comerlos todos. Aprovechando por una vez en su vida esa fama de bruja les dijo que los convertiría en sapos si no se lo comían todo. Esos niños malcriados aprenderían a pedir permiso a partir de ese día.

Anselmo y Graciela no podían más, comían y comían fatigados pero era imposible comérselo todo, así que la bruja, o sea Alpidia, les preparó una habitación y los encerró allí para que pasaran la noche y siguieran comiendo al día siguiente… comieron y comieron… engordaron y siguieron comiendo… hasta que pidieron perdón y prometieron no volver a coger nada sin permiso.

Entonces los dejó libres y les dijo que dijeran en el pueblo que “la bruja” se los quería comer y que habían conseguido escapar, a cambio de esa mentira, Alpidia les cocinaría dulces siempre que quisieran; pero curiosamente Anselmo y Graciela no volvieron a comer dulces en toda su vida aunque sí visitaron a la anciana Alpidia que les cocinaba potajes, estofados y verduras… para compartir con ella.

Los niños del pueblo se creyeron la historia de la bruja del bosque en la casa de chocolate y no fueron más por allí, contaron la historia a sus hijos y sus nietos y nadie se atrevió nunca a buscar la casa de chocolate por miedo a ser cocinados y comidos por la bruja.

Y esta es mi versión de la historia de Hansel y Gretel o tal vez... la verdadera historia.

9 comentarios:

Angela dijo...

Querida Tegala!
Yo casi casi, me atreveria a decir que estas en lo cierto, quizas esa bruja no fuera tan bruja...y es que a veces las cosas no son lo que aprecen jejejeje! Gracias por esta versión, por tu visión y por escribirla y compartirla!

Shubhaa dijo...

de pequeños qué ricos y de mayores qué pena no habérselos comido! Me encanta tu versión tan personal. Está claro, las brujas no somos tan malas!
Besos de tres chocolates

Tegala dijo...

Ya decía yo que la bruja tenía que tener su propia versión, que no podía ser tan mala. ¿Qué es eso de comer niños? Con lo buenas que están las papas arrugas con mojo.
Gracias ÁNGELA, por animarme siempre a escribir. Gracias SHUBHAA por la idea de escribir una nueva versión.

Abrazos apretaditos.

Jorge dijo...

Me ha gustado mucho la historia contada desde la perspectiva de la bruja, siempre hay que escuchar a las dos partes.
Tegala, escribes muy bien! Me gustan tus relatos :).
Besos!

Tegala dijo...

Muchas gracias Jorge!

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Yo creo que esta es la versión original. Como ocurre a menudo nos cuentan solo una parte de la historia. La mas morbosa, la más impactante, la más... Que bien q estés tú y nos des luz, q nos hagas ver la otra historia, la historia. Aun así creo que para tus fans nos han quedado muchas dudas ¿Cuando murió su marido? ¿De qué? Q pasó con sus hijos? Yo quiero la versión completa, te animas? Si es necesario yo pago por ella. Besos y felicidades a partes iguales. Josema

Tegala dijo...

¡¡Gracias JOSEMA!! Yo creo que el marido murió de viejo pero acepto el reto de contarte más de la historia, porque igual que el cuento estaba incompleto esta historia da para más, tienes razón.
Un abrazo.

Bruma dijo...

Fantástica, Tegala, de corazón. Estoy fascinada por tus dotes literarias.
Me ha encantado esta versión de la historia. :*
Ganas ganas ganas de achucharte.

Tegala dijo...

Gracias BRUMA, estos comentarios ayudan mucho a seguir intentando "sacar" más de mi.
Abrazos fuertes